Como todos saben, los opuestos se atraen y el amor es
ciego, así que no se extrañaron al enterarse de la boda entre un cronopio y un
fama, Aun así, nadie quería perderse tal evento.
En
la ceremonia, los famas se sentaron en los bancos destinados para ellos,
creando una armoniosa escala acromática de colores con sus vestidos. Pero los
bancos de los cronopios estaban vacíos, ellos prefirieron quedarse en el bar de
fuera, bebiendo laque y bailando espera. En el momento del “sí, consiento”, la
esperanza (que oficiaba la ceremonia) tuvo que repetir cuatro veces la
pregunta. Dos por culpa del fama, que antes de responder se puso a hacer una
lista de pros y contras, un cálculo de probabilidades de divorcio y cuánto le
costaría éste. Y dos más por culpa del cronopio, que estaba despistado en ese
momento porque una mosca danzaba en la sala.
Cuando
llegó la hora del banquete, todo empezó a irse de madre. Los cronopios hacían
pelotitas de pan y se las tiraban a los famas. Todos, incluido el cronopio
recién casado, se lo estaban pasando pipa, hasta que su ya pareja fama cogió
una de esas pelotitas y se la metió en la nariz a su cronopio. El resto, en
solidaridad, dejaron el pan en la mesa.
No
habían pasado ni cinco minutos, cuando los cronopios se subieron a las sillas,
servilletas en mano, y se pusieron a corear:
-
¡Queremos que se besen encima de la mesa! ¡Queremos que se besen encima de la
mesa!
Mientras
los famas invitados miraban al suelo y movían la cabeza sintiendo vergüenza
ajena, el recién casado cronopio se subió a la mesa y extendió los brazos,
esperando a su fama. Éste se puso de pie y mirándole fijamente, gritó:
-
¡Bájate de la mesa ahora mismo, estás poniendo todo el mantel perdido!
El
cronopio, eufórico, bajó de la mesa y se fue a la pista de baile. Comenzó a
bailar espera como un loco mientras el resto de cronopios seguían de pie en sus
sillas, animando con las servilletas. El fama cogió su lista de pros y contras,
y mientras la rompía en mil trozos, dijo:
-
¡Se acabó, cronopio! ¡Quiero el divorcio!
Todos
los famas se fueron del salón, móvil en mano, buscando una esperanza competente
en internet para que llevara el divorcio a cabo, pero los cronopios se quedaron
disfrutando de la pista de baile y la barra libre. Total, una fiesta es una
fiesta.
Como
todos saben, los opuestos se atraen y el amor es ciego. Pero lo que no puede
ser, no puede ser, y además es imposible.
Rebeca Hernández Oliver