Erase una vez, un joven desaliñado, con pelo pelirrojo rizado y
despeinado, este joven se llamaba Erik y vivía con su compañero de trabajo,
Felipe, un fama de los pies a la cabeza.
Era una convivencia de risa, Erik siempre andaba de un lado a
otro dejándolo todo por medio, desordenado, sucio, sin limpiar etc. Felipe era
un joven ordenado, que necesitaba tener su vida bien estructurada, siempre
tenía que ir detrás de Erik, eso le ponía los pelos de escarpia y enseguida se
enervaba, se cabreaba, porque no podía ser o al menos eso pensaba que con la
edad que tenia Erik pudiese ser tan desordenado. A Erik no le importaba lo mas
mínimo llevar la ropa limpia y planchada, el trabajo ordenado, ni siquiera le
importaba comer a sus horas, comía entre
horas y comida basura. No planeaba su
día a día, vivía todo en su momento, en cambio Felipe lo tenía que tener todo
controlado y planeado desde días, semanas o incluso meses.
Felipe por darle un consejo a su amigo y compañero Erik, que
era un raspa, le preguntaba que si no se cansaba de llevar toda su vida en
desorden, Erik le contestaba que él no se preocupaba por la cosas, que vivía el
momento y no quería planificar nada, que él era más feliz porque vivía momentos
sin esperarlos, de la otra manera ya sabía lo que iba a suceder porque estaba
hecho a propósito, planeado o buscado, eso no le gustaba. Lo que a Erik le
gustaba era la aventura, sin pensar en lo que pudiese pasar, a veces habrían
momentos buenos y a veces malos pero que así era la vida, vivir cada momento
tal y como sucedía sin preocuparse de nada. Felipe se quedó pensando y
comprendió que podría ser que tuviera razón, pero que él no cambiaría su vida
ordenada por ser un cronopio como su compañero, ya que era feliz tal y como
vivía su vida, planeada. Comprendió que no eran todos iguales que él, que cada
uno tenía su forma de ser y su carácter y que no podía hacer nada por cambiar a
Erik ya que su compañero era feliz viviendo como un cronopio.
Patricia González Piqueras
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